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22:42:37 04/05/2014

Un sacerdote asegura que "el consumo de droga está despenalizado en las villas"

Fabián Belay es sacerdote y vivió en carne propia el problema de las adicciones. Su hermano atravesó ese flagelo y asegura que quedó muy marcado por la experiencia y todo lo que sufrió su familia. Eso lo impulsó a hacer algo por quienes caen víctimas del consumo de sustancias. Un día, un hombre que vivía en una plaza le dijo: "Yo quiero morirme acá, ¿qué más puedo hacer?". Eso actuó como motor para acelerar su lucha. Dice que el consumo "está despenalizado en las villas" y lanza una frase contundente. "El que roba y mata a una persona no lo hace por plata, sino por droga".

Belay es el responsable de la asociación civil sin fines de lucro Hogar Padre Misericordioso, que este año abrió el primer centro de recuperación de personas en situación de calle con problemas de adicciones. Funciona en forma gratuita en Zeballos 668.

Hoy se atienden allí unas 15 personas. Durante la mañana reciben asistencia de psicólogos, asistentes sociales y psiquiatras y por las tardes acuden a los grupos de Narcóticos Anónimos que funcionan en las distintas parroquias.

Distendido, el religioso recibió a La Capital y entabló una charla en la que no esquivó ningún tema.

—¿Aumentó el consumo de drogas en los últimos años?

—Desde los 90 estamos así. Yo me crié en La Tablada, y desde ese momento hasta ahora el barrio creció mucho, pero ya desde entonces se podía conseguir droga y se veía a los chicos consumiendo en las esquinas. Con el tiempo se abandonó el trabajo de promoción humana en los barrios y hoy se ven las consecuencias. Los búnkers no se levantaron de golpe. Es verdad que antes no había, pero eran las familias las que vendían droga.

—¿La inseguridad está relacionada con el consumo de drogas?

—Sí, totalmente. Hoy el que roba y mata a una persona no lo hace por plata, sino por droga. Quien lo hace no es consciente de sus actos, y como su vida no tiene valor, no valora tampoco la del otro. ¿Cómo le explicás a un chico que se droga desde los 9 años que tiene que cuidar la vida de los demás si la suya no vale nada? Yo creo que el 90 por ciento de los robos y arrebatos (no hablo de las salideras) están en manos de personas que tienen problemas de adicciones. Es un tema que se fue de las manos y ahora estamos viendo las consecuencias.

—¿La calle los hace adictos o son adictos y por eso están en la calle?

   —Hay de todo, porque hay chicos de familias muy vulnerables que empezaron a pernoctar en la calle y allí conocieron la droga a los 9 o 10 años.

   —¿Qué consumen?

   —No es una sola sustancia, sino que se trata de un policonsumo. Marihuana, cocaína, alcohol, pegamento. Hasta se drogan con nafta. La mayoría de los chicos que trabajan en la calle, lo que ganan lo gastan en consumo.

   —¿Por qué caen en la droga?

   —En los barrios marginales hay muy pocas expectativas de vida. La mayoría consume porque quiere olvidar. Comienzan porque todos lo hacen y se vuelve habitual. Y además, no hay un horizonte distinto y ellos no tienen aspiraciones diferentes a lo que ven en el barrio: ser el narco o estar con el narco. En las villas de Rosario son muy pocos lo que tienen modelos de vida superadores que los hagan pensar: «Quiero salir de donde estoy». Además, la escuela está superada por la situación y la violencia que se vive. Todo va nivelando pero para abajo. Por supuesto hay quienes pueden salir de esta situación, pero son muy pocos los que lo logran. La familia está ausente, y en este contexto encontrar un para qué recuperarte es muy difícil. Esto también sucede en la clase alta, no hay que estigmatizar, pero hablo por lo que más conozco, que es la situación de los que viven en la calle.

   —¿Cómo encarar los tratamientos de rehabilitación?

   —Nosotros no hablamos de rehabilitar, sino de habilitar; porque no es que uno recupera valores que antes tenía, sino que en la población que trabajamos hay que sembrar algo que nunca existió. Es un proceso largo y complejo y es fundamental el abordaje interdisciplinario de psicólogos, operadores de calle, psiquiatras y trabajadores sociales. Hay que trabajar el sentido de la vida y encontrar un por qué salir adelante.

   —¿Cómo funciona su centro de día?

   —Recibimos a chicos a partir de los 15 años en adelante, y en la internación, que es en barrio Cristalería, a partir de los 18. También hay tratamientos ambulatorios, charlas para padres y para personas que trabajan con adictos. Se brindan tratamientos al igual que en otras instituciones, pero en forma gratuita.

   —¿Y cómo se sostienen?

   A pulmón. El obispado consiguió una ayuda para la parte edilicia y nosotros organizamos eventos y contamos con socios. Ahora estamos buscando el sostenimiento de empresas, pero es muy difícil lograr ayudas para trabajar con adictos.

   —Esta es una institución católica ¿qué rol juega lo espiritual?

   —Para nosotros la fe es el motor de todo. Lo espiritual te da la razón para seguir adelante. Los adictos descubren por qué tiene sentido dejar las drogas. Ellos experimentan algo muy tremendo que es la culpa, sobre todo cuando se dan cuenta del daño que provocaron a su alrededor, y la fe les permite encontrar el perdón de Dios. Este lugar se llama Padre Misericordioso porque ellos descubren que hay alguien que los ama tanto, y no a pesar de lo que les pasa, sino con esa historia que viven. Esto los ayuda a recuperar la dignidad, su vida tiene sentido y empieza a ser valiosa.

Fuente: La Capital